EDITORIAL


La muerte de la madre Teresa de Calcuta
El ángel de los moribundos

Foto Andreotti


     Nos habíamos acostumbrado a oír voces alarmantes sobre el estado de salud de la madre Teresa seguidas poco después por el anuncio de la crisis superada. El anuncio de su muerte llegó sin aviso, ni puede considerarse como tal el abandono, que definiría jurídico, ocurrido el pasado marzo en la dirección de las cuatro mil Misioneras de la Caridad, con la elección en su lugar de la hermana Nirmala, una hindú convertida al catolicismo, que hasta ese momento diriguía el ramo contemplativo de la congregación.

La madre Teresa vino luego a Roma, contenta de usar el pasaporte diplomático italiano que se le había otorgado el año pasado. Era el 30 de junio y fue posible una vez más participar con ella en la misa de las hermanas en su comunidad de la vía Casilina.
     Usar en una necrología los recuerdos personales y las cartas de la Madre podría hacernos caer en la tentación, por desgracia frecuente, de confundir al que conmemora con la conmemorada. Todo ello lo conservo en mi corazón; y en particular la emoción que sentí al viajar con ella en el avión gubernamental que nos llevaba a Nueva Delhi para asistir a los funerales de Indira Gandhi. La madre Teresa regresaba de Estados Unidos, en Roma tenía la coincidencia con Air India y la había perdido. Pueden imaginar mi alegría al ponerme a su disposición.
     Ajena a todo tipo de particularismo político, miraba sólo a extender la red de servicios para los pobres, con el propósito de tener en el mapa mundial sus santas banderitas en todo los países.

Ciento veinte después de sólo treinta y siete años desde la fundación es más que extraordinario, pero las futuras metas deberían alcanzarse con menos dificultad si consideramos las sentidas y no efímeras manifestaciones de luto que se han vivido en todos los continentes tras el triste anuncio que ha llegado de Calcuta. Pienso en particular en la tenacidad de la Madre con respecto a China. En 1993 (ya había estado cuatro años antes) consideró que ya había alcanzado su objetivo al ir a Pekín invitada por el hijo (minusválido) del gran Deng, que era presidente de la Federación china de minusválidos; cuyo fin es la rehabilitación y educación al trabajo y no la asistencia y el asilo. De ahí que el recibimiento fuera cortés y nada más. Es más, su declaración de "querer ayudar a los más pobres de China, a los que no tienen a nadie que se preocupe de ellos" chocó contra la susceptibilidad de las estructuras; y salió una significativo comunicado sobre el viaje de la ilustre Premio Nobel definido de carácter privado.

Escribía la madre Teresa: "Dice nuestra Constitución: "Aceptar cualquier cosa que nos dé Jesús y dar a Jesús con una gran sonrisa. Este es el camino más sencillo para la verdadera felicidad""

Quizá también creó problemas una noticia, por lo demás igualmente privada, difundida por Hong Kong que relacionaba el viaje de la Madre con el laborioso -y aún por concluir- camino de las relaciones entre la República Popular y el Vaticano.
     Hacía falta -como le sugerí al prestigioso arzobispo de Shanghai, monseñor Jin- dejar madurar los tiempos. Pero esperar no pertenecía a la metodología de la Madre; utilizando su estancia en Roma de un mes entero, para participar en el Sínodo de los obispos sobre la vida consagrada, buscó apoyos diplomáticos para convencer a los chinos de que acogieran a sus hermanas.

A parte de este problema particular, fue importante su intervención en el aula del Sínodo (12 de octubre de 1994), publicado como "Auditio sororis Teresa Bojaxhiu (India)". Dos años antes, dando voz al sentimiento común para que el Papa superase la grave crisis que le había llevado de nuevo al Policlínico Gemelli, la madre Teresa había compuesto una oración:
     "Señor, una vez más has querido contigo en la Cruz a nuestro Papa Juan Pablo II para recordarle al mundo que sólo en la Cruz hay Resurrección y vida… Después de la Cruz, oh Señor, está el alba radiosa de la Resurrección. Nuestro Santo Padre ya encontró este alba en mayo de 1981, después de haber vencido la noche oscura de aquel trágico hecho. Al igual que entonces, también hoy el Papa volverá a servir a la Iglesia después de haberla amada una vez más a los pies de la Cruz".

     Así sucedió y el Papa estaba allí escuchándola, alegrándose al final con mucha intensidad.
     La redacción de 30Días no olvida el honor que nos hizo en mayo del año pasado al enviar por nuestro medio un saludo a los participantes en los Juegos olímpicos de Atlanta:
     "A los miles de deportistas de todo el mundo que se reunirán en Atlanta para participar en los Juegos Olímpicos de 1996 envío mi deseo de paz y serenidad.
     Ruego a Dios que estA grande y excepcional reunión de jóvenes de los cinco continentes fortalezca el espíritu de diálogo, comprensión y amistad que los jóvenes deben sentir y cultivar de manera especial.
     Recuerdo las hermosas palabras que Juan XXIII dirigió a los atletas de los Juegos Olímpicos de Roma 1960. Fueron un himno a la concordia y una incitación para que trabajen por el triunfo de la paz sobre la guerra, la amistad sobre el odio, la fraternidad sobre la violencia.
     En este sentido está orientado mi saludo y, repito, mi oración".

     Mientras la prensa y la televisión de todo el mundo difundían la información de que, en espera de los funerales solemnes y oficiales, una fila interminable de gente iba a rendir el extremo homenaje a la Madre, por una significativa coincidencia la Iglesia meditaba en la liturgia del domingo sobre el pasaje de la Carta de Santiago apóstol con la contraposición de los honores hechos al convidado vestido espléndidamente y con la sortija de oro al dedo en comparación con la humillante acogida reservada a los pobres con sus vestidos mugrientos. Ahora bien, es cierto que Dios "ha elegido a los pobres del mundo para hacerlos ricos con la fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman", pero la obligación de todos -cristianos y no cristianos- de aliviar en esta tierra las penas de los abandonados es el lema que ha inspirado en grado heroico a la Madre Teresa y que queda como su herencia activa. Escribía la madre Teresa: "Dice nuestra Constitución: "Aceptar cualquier cosa que nos dé Jesús y dar a Jesús con una gran sonrisa. Este es el camino más sencillo para la verdadera felicidad""

Don Luigi Giussani sobre la Madre Teresa de Calcuta

Luz en medio de la noche

La Madre Teresa veía en los rostros que tenía a su alrededor -los desheredados, los más desgraciados- la presencia del Misterio de Cristo en su humanidad azotada. Durante años se ha inclinado hacia los pobres, entregándose a ellos, como quien se inclina sobre el Jesús sufriente. Ésta ha sido su conciencia como mujer y como monja. El amor a Cristo ha sido la forma y la razón de su protagonismo en este siglo, que ha hecho de ella una luz en medio de la noche. La Iglesia y el mundo han reconocido en ella un símbolo de la construcción de la paz. Conscientes de que la paz nace del reconocimiento de Cristo, que es la respuesta exhaustiva a las necesidades del hombre, queremos compartir este testimonio suyo. Y agradecemos a Dios que haya dado a nuestro tiempo trágico -y, sin embargo, lleno de la esperanza dramática latente en su corazón de criatura- esta santa, signo de la fidelidad de Dios a su alianza con todos los hombres mediante su presencia excepcional en Cristo dentro de la historia de su pueblo.

Don Luigi Giussani y todo el movimiento
de Comunón y Liberación
Milán 6 de septiembre de 1997

Publicado en L'Osservatore Romano
del 7 de septiembre de 1997, página 2