Pablo VI
En el centenario de su nacimiento

"La fe es la herencia de los Apóstoles"

Pablo VI y la proclamación del año de la fe en 1967, con ocasión de los 1900 años del martirio de Pedro y Pablo en Roma. Un año decisivo que se cerrará con el Credo del pueblo de Dios para "atestiguar nuestro indestructible propósito de fidelidad al Depósito de la fe". "No podemos mínimamente ignorar que nuestros tiempos exigen esto con fuerza"

por Gianni Valente

 

     Hay momentos, escribe Charles Péguy, en los que desaparecen todas las máscaras y nada esconde ya la realidad, que se nos presenta desnuda, tal como realmente es. "Son los únicos momentos de la vida en los que no se miente; en los que no se disimula; en los que se es sincero; literalmente, absolutamente, totalmente sincero; en los que se ve lo verdadero, más que lo verdadero, lo real, tal como es; en los que ya no se esconde nada". Son estos los momentos en los que "vemos claro, nos atrevemos a ver claro".
     Pablo VI, exactamente treinta años atrás, vivió un momento de estos. Miró a la Iglesia, que, como atestigua su primera encíclica, sabía bien que era de Otro, es decir, de Cristo (Ecclesiam suam), miró a través de todas las buenas intuiciones, las ingenuas esperas, las ilusiones y las habladurías que en aquellos años la habían acometido, y vio. Vio el final del cristianismo. No de las estructuras, de las reuniones, del Vaticano, de los planes pastorales, de las reuniones oceánicas, que podrían continuar como coreografías para uso de quien busca papeles eclesiásticos y consolaciones religiosas con las que llenar la vida (e incluso buscar carrera).

Lo que él veía apagarse era la fe. Nuestro tiempo, como un largo Sábado Santo, como el tiempo de la ausencia de Dios, cuando incluso los últimos discípulos se prepararon tristes y con el corazón apagado a volver cada cual a su casa.
     Pablo VI vio todo esto y, en la tragedia en la que se veía la Iglesia, volvió a recordarle y repetirle cuáles eran sus únicos tesoros: la fe de los apóstoles, custodiada por la Tradición (Credo del pueblo de Dios), y los pobres, los pueblos del hambre (Populorum progressio) los primeros en ser llamados a gozar de la gracia de la fe. Repetir las cosas de siempre, un Papa ni puede ni debe hacer otra cosa.
     Era el 22 de febrero de 1967 cuando el papa Montini, con la exhortación apostólica Petrum et Paulum apostolos, proclamó un año jubilar particular: el año de la fe. Mil novecientos años antes, los dos apóstoles, Pedro y Pablo, habían sido martirizados en Roma. Muertos, como recuerda un pasaje de la carta del Papa san Clemente a los Corintios reproducido al comienzo de la misma exhortación apostólica, "por los celos y la envidia", es decir, también por la maldad de cristianos. En aquel aniversario -pedía el Papa- toda la Iglesia estaba llamada a hacer memoria de la fe transmitida en herencia por los dos apóstoles, en humilde petición de poder hacer de la realidad de aquella fe su propia viva experiencia, de poder hallar y sorprender los gestos de aquella misma Presencia que dos mil años antes había atraído los ojos de pobres pescadores y de grandes pecadores y conmovido sus corazones.
     Aquel año -hoy lo reconocen incluso los historiógrafos más atentos- marcó un "giro" en el pontificado montiniano. Al final del año de la fe Pablo VI pronunció en la plaza de san Pedro una solemne profesión de fe, el Credo del pueblo de Dios, con la que pretendía "atestiguar nuestro indestructible propósito de fidelidad al Depósito de la fe". Pero los católicos de entonces no captaron la intuición trágica y profética del Papa Montini. Los iluminados dijeron que se trataba de pesimismo excesivo. Para los reaccionarios se trataba de arrepentimiento tardío, visto que según ellos la catástrofe había sido puesta en marcha por aquella renovación conciliar cuyo timonel había sido Montini. Para los clérigos de todas las tendencias, el mero hecho de volver a proponer los contenidos tradicionales de la fe católica era una respuesta demasiado inconsistente ante las provocaciones de la historia e incluso para la crisis de la Iglesia. Según ellos era necesaria una estrategia más compleja: había que concienciar, es decir, convertir en cultura la fe. Para entrar en diálogo y adecuarse al mundo, decían unos. Para resistir al asedio de la modernidad y combatir, decían los otros. De este modo, al año de la fe y al Credo del pueblo de Dios se los tragó el silencio.

Inimici hominis, domestici eius
Lo que turbaba al papa Pablo VI no era tanto la inmoralidad del mundo, o la negación teórica del cristianismo, que por aquellos entonces era descarada y violenta.
     Ya en los años que preceden al 67, la alarma contenida en los discursos de Pablo VI es otra: la Iglesia es demolida no por el ateísmo moderno, sino por sus propios hijos. La enfermedad es interior, es un cupio dissolvi que parece haber envenenado a los maestros, a los clérigos y a las academias eclesiásticas, aún antes que al pueblo, y los empuja a vaciar desde dentro la naturaleza y el método del hecho cristiano. "Se nos vienen a la boca las palabras de Jesús: "inimicis hominis, domesticis eius", ¡los enemigos del hombre serán los de su casa!", dirá el Papa el 18 de septiembre de 1968, ni siquiera tres meses después de la proclamación del Credo. Pero ya en el 65, en la audiencia general del 4 de agosto, el Papa se manifestaba preocupado por "las voces procedentes incluso de las partes mejores del pueblo de Dios, donde ordinariamente la doctrina de la Iglesia está alimentada por el fervor de estudios, y cultivada con firmeza de pensamiento", que hoy repiten "errores antiguos y modernos, ya rectificados y condenados por la Iglesia y excluidos del patrimonio de sus verdades". El 11 de julio del 66, hablando a un grupo de teólogos y científicos reunidos para actualizar la manera de presentar el dogma del pecado original, Pablo VI los pone en guardia para que no consientan formulaciones del pecado original que estén subordinadas a la teoría del evolucionismo. Pero fue en la audiencia general del siguiente 30 de noviembre cuando Pablo VI, describiendo "el triste fenómeno que turba la renovación conciliar y desconcierta el diálogo ecuménico", aclara detalladamente cuáles eran las cosas esenciales del cristianismo que se trataba de anular: "La resurrección de Cristo, la realidad de su verdadera presencia en la eucaristía, e incluso la virginidad de María y, por consiguiente, el misterio augusto de la encarnación". En octubre del 66 había sido publicado el nuevo Catecismo holandés, por decisión del episcopado de Holanda, el prototipo de aquellos catecismos posconciliares que creen hacer interesante al cristianismo para el hombre moderno sustituyendo las tradicionales fórmulas de fe con discursos complicados y en algunas partes ambiguos y reticentes. El 7 de abril del año siguiente, hablando a la asamblea de los obispos italianos, Pablo VI reafirma cuál era la prioridad: "La primera cuestión, cuestión capital, es la de la fe, que los obispos hemos de considerar en su incumbente gravedad. Algo muy extraño y doloroso está ocurriendo... incluso a quienes conocen y estudian la palabra de Dios: se debilita la certeza en la verdad objetiva y la capacidad del pensamiento humano de alcanzarla; se altera el sentido de la fe única y genuina; se admiten las agresiones más radicales a verdades sacrosantas de nuestra doctrina, siempre creídas y profesadas por el pueblo...".


La Tradición que nos precede
Lo que sobre todo le duele a Pablo VI es que en esta obra de autodemolición se instrumentalice al último Concilio ecuménico, intrepretándolo como el acto de nacimiento de un nuevo cristianismo y una nueva Iglesia. A un año exacto de su clausura (discurso del 8 de diciembre de 1966), Montini denuncia el error de suponer que el Vaticano II "representa una ruptura con la tradición doctrinal y disciplinaria que lo precede". Casi un mes antes, en la audiencia general, había invitado a resistir a la tentación de creer "que las novedades, derivadas de las doctrinas y los decretos conciliares, puedan autorizar cualquier arbitrario cambio... Hay que estar profundamente convencido de que no se puede demoler a la Iglesia de ayer para construir una nueva hoy; no se puede olvidar e impugnar lo que la Iglesia ha enseñado hasta ahora con autoridad para sustituir la doctrina segura con teorías y concepciones nuevas". El 12 de enero de 1966 había dicho: "Las enseñanzas del Concilio no constituyen un sistema orgánico de la doctrina católica", la cual "es mucho más amplia... y no está puesta en duda por el Concilio o sustancialmente modificada; ya que, por el contrario, el Concilio la confirma, la ilustra, la defiende y la desarrolla con autorizadísima apología...

No estaría, pues, en lo cierto quien pensara que el Concilio representa una separación, una ruptura, o bien, como alguien piensa, una liberación de la enseñanza tradicional de la Iglesia".

La fe, adhesión a un testimonio
Ante todo lo que ve, Pablo VI sabe bien que no es suficiente reprimir los errores doctrinales que serpentean entre los líderes católicos. La confusión doctrinal es el síntoma de algo más radical. Parece como si en todas partes, en la Iglesia, se fuera perdiendo la percepción de lo que realmente es el cristianismo, la naturaleza y la dinámica de la vida cristiana. Ya no se sabe de qué se trata.
     El Papa decide aprovechar el aniversario del martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo para declarar el año de la fe como respuesta al vertiginoso olvido que siguió a la ebullición conciliar.
     En la exhortación apostólica Petrum et Paulum apostolos, que declara el año de la fe, las referencias a la crisis doctrinal son pocas y secundarias. La única, simple y mínima petición dirigida a todos los hijos de la Iglesia es la de repetir la profesión de fe de los apóstoles Pedro y Pablo, permanecer en esa fe. "Queremos además pedir una cosa pequeña pero importante: queremos pediros a todos y cada uno de vosotros, hermanos e hijos nuestros, que hagáis memoria de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, que atestiguaron la fe de Cristo con las palabras y la sangre, para que profeséis con verdad y sinceridad la misma fe que la Iglesia, fundada y llevada al esplendor por ellos mismos, recibió devotamente y expuso con autoridad. Por lo demás, esta profesión de fe, que, teniendo como testigos a los beatos Apóstoles, ofrecemos a Dios, conviene sin duda que sea individual y pública, libre y consciente, interior y exterior, humilde y decidida. Quisiéramos, además, que esta profesión de fe surgiera de lo íntimo del corazón de cada hombre, y que retronara como una sola, idéntica y repleta de amor en toda la Iglesia. Porque, ¿qué servicio de memoria, de honor, de comunión podríamos ofrecer a Pedro y Pablo que fuera más grato que la declaración de aquella fe que hemos recibido de ellos mismos casi en herencia?" Repetir las fórmulas que custodian la fe apostólica no responde sólo a una devoción, sino que para Pablo VI es un gesto realmente adecuado al momento histórico que vive la Iglesia: "No podemos de ninguna manera ignorar que nuestros tiempos nos lo piden con fuerza".
     Numerosos discursos de aquel período aclaran y comentan el porqué del año de la fe de Pedro y Pablo. En la audiencia del uno de marzo de 1967, pocos días después de la exhortación apostólica, Pablo VI explica: "Nos parece que este tema nos ofrece el hilo más seguro y directo para comunicarnos espiritualmente con aquellos grandes Apóstoles; ellos mismos lo recomendaron insistentemente; dice, por ejemplo, san Pedro, en su primera carta a los primeros cristianos, que ellos están "custodiados en la fe para la salvación"", y también san Pablo "está ansioso por garantizar la integridad y la conservación de la fe, y repite sus recomendaciones para que todos los errores sean evitados y rechazados y para que el "depositum sea custodiado". [...] Adhiriéndonos a la fe, que nos propone la Iglesia, nos ponemos en comunicación directa con los Apóstoles que queremos recordar; y, mediante ellos, con Jesucristo, nuestro primer y único Maestro; nos colocamos en su escuela, anulamos la distancia de los siglos que nos separan de ellos y hacemos del momento presente una historia viva, la historia siempre igual a sí misma propia de la Iglesia". La fe, explica en el mismo discurso el papa Pablo VI, recurriendo a la definición del Concilio de Trento, ""humanae salutis initium est", es el principio para el hombre de su salvación".
     También en la audiencia del 19 de abril siguiente se detiene el Papa a aclarar qué es la fe cristiana, distinguiéndola de la asimilación comúnmente hecha "con el sentimiento religioso, con la creencia vaga y general de la existencia de Dios". La fe, dice Pablo VI, es "la adhesión del espíritu, intelecto y voluntad, a una verdad" que se justifica "por la autoridad trascendente de un testimonio, al que no sólo es razonable adherirse, sino que es íntimamente lógico por una extraña y vital fuerza de persuasión, que convierte al acto de fe en extremamente personal y satisfactorio". La fe es, pues, "una virtud que tiene sus raíces en la psicología humana, pero cuya validez deriva de una acción misteriosa, sobrenatural, del Espíritu Santo, de la gracia infundida en nosotros, normalmente, por el bautismo". Es "la capacidad espiritual que hace que recibamos, como algo que se corresponde con la realidad, las verdades que nos ha revelado la palabra de Dios. Y por ello la fe es un acto que se basa en el crédito que le damos al Dios vivo".
     La inauguración oficial del año de la fe se celebra solemnemente en el atrio de la basílica vaticana la noche del 29 de junio de 1967, fiesta de los santos Pedro y Pablo. En la homilía, el Santo Padre reafirma que "el Concilio ecuménico, recién celebrado, nos ha exhortado a remontarnos a las fuentes de la Iglesia y a reconocer en la fe su principio constituyente, la condición primera de todo su desarrollo, la base de su seguridad interior y la fuerza de su vitalidad exterior". Algunos días después, los peregrinos presentes en la audiencia del 5 de julio pueden escuchar nuevas palabras del Papa sobre la fe: "La fe es la herencia de los Apóstoles. Es el don de su apostolado, de su caridad. [...] El que ellos, junto con los demás apóstoles y los anunciadores autorizados del Evangelio, sean los intermediarios entre nosotros y Cristo, caracteriza al cristianismo de manera esencial y genera un sistema de relaciones indispensables en la comunidad de los creyentes. [...] El Apóstol es maestro; no es simplemente el eco de la conciencia religiosa de la comunidad; no es la expresión de la opinión de los fieles, casi la voz que la precisa y legaliza, como decían los modernistas, y como aún se atreve a afirmar hoy algún teólogo. La voz del Apóstol es generadora de la fe. [...] La verdad religiosa, derivada de Cristo, no se difunde en los hombres de manera incontrolada e irresponsable; necesita un canal exterior y social".


El Oriente de los grandes Concilios
El viaje a Turquía, visitada por el Papa entre el 25 y el 26 de julio, es un paso más por las huellas de la memoria apostólica, según la intención del año de la fe. El Papa cruza los itinerarios que Pablo recorrió durante su predicación, "fundando las primeras comunidades cristianas, en medio de peripecias, a veces dramáticas, contadas en los Hechos de los apóstoles", como recuerda el Papa en Efeso, en la iglesia de San Juan. Pero el punto clave del viaje es el regreso a los lugares en los que fueron celebrados los primeros grandes Concilios que definieron y custodiaron la fe apostólica, defendiendo al cristianismo de las antiguas herejías. Una vez en Roma, en el Ángelus del 2 de agosto, el Papa celebra la preeminencia de los primeros cuatro Concilios ecuménicos que se desarrollaron en Oriente (Nicea, Constantinopla, Efeso, Calcedonia). Un indirecto redimensionamento del alcance del último Concilio ecuménico, que algunos pretenden saludar como el año cero de la Iglesia. "Estos cuatro Concilios -dice el Papa- fueron y siguen siendo dignos de gran reverencia. Fueron los que le dieron a la Iglesia, tras los primeros siglos de vida perseguida y casi clandestina, la conciencia de su trabazón constitucional y unitaria. Fueron los que pusieron en evidencia y establecieron como autoridad los dogmas fundamentales de nuestra fe, sobre la Santísima Trinidad, sobre Jesucristo, sobre la Virgen: y que por lo mismo otorgaron al cristianismo su doctrina básica".

El acto de veneración de los primeros cuatro Concilios ecuménicos le da también pie para reafirmar la comunión de fe con los Ortodoxos en los dogmas fundamentales. Pablo VI, el papa que canceló las excomuniones recíprocas entre Roma y Constantinopla y que más adelante se postrará para besarle los pies al obispo ortodoxo Melitón de Calcedonia, durante el viaje a Turquía aprovecha los encuentros con el patriarca Atenágoras y con los ortodoxos de Efeso para repetir que "para restablecer y conservar la comunión y la unidad, hay que prestar atención a "no imponer nada que no sea necesario"". "La caridad", le dice a Atenágoras y a los metropolitanos del Patriarcado ecuménico en la catedral de San Jorge, "nos debe ayudar como ha ayudado a Hilario y Atanasio a reconocer la identidad de la fe más allá de las diferencias de vocabulario en un momento en el que el obispado estaba dividido por graves divergencias. [...] Y san Cirilo de Alejandría, ¿no aceptó acaso acantonar su teología tan bella para hacer las paces con Juan de Antioquía, tras darse cuenta de que, más allá de las expresiones diferentes, su fe era la misma?".

Las referencias humanas y
materiales de la memoria

Al finalizar el año de la fe, Pablo VI escandaliza a los clérigos con dos gestos clamorosos. El 26 de junio de 1968, con una alocución en la Basílica vaticana, anuncia la autenticidad de las reliquias de san Pedro, encontradas durante las obras en las grutas vaticanas entre 1940 y 1950. "A esta intensidad de sentimientos", dice el papa Montini, "nos ayudan y nos obligan las huellas históricas y locales dejadas por ellos. Los romanos no podemos dejar a un lado, ni tampoco quienes se mueven por Roma, estas referencias humanas y materiales a la memoria de los Apóstoles, "per quos religionis sumpsit exordium", por quienes comenzó nuestra vida religiosa". El resultado de las investigaciones sobre los fragmentos óseos encontrados en la necrópolis vaticana es anunciado con entusiasmo contenido: "Nuevas investigaciones pacientísimas y sumamente cuidadosas se efectuaron después con un resultado que Nos, ayudados por el juicio de válidas y prudentes personas competentes, creemos positivo: también las reliquias de san Pedro han sido identificadas, de manera que podemos considerar convincente, y alabamos a quienes han dedicado tan atento estudio y grandes y trabajosos esfuerzos a ello".
     El 30 de junio de 1968 una solemne liturgia clausura el año de la fe, con la profesión de fe que el propio Pablo VI define Credo del pueblo de Dios. Es la coronación del año de la fe, "que habíamos dedicado -explica Pablo VI en la homilía- a la conmemoración de los santos Apóstoles para atestiguar nuestro indestructible propósito de fidelidad al Depósito de la fe que ellos nos han transmitido, y para reforzar nuestro deseo de hacer de él nuestra sustancia de vida en la situación histórica en la que se encuentra la Iglesia peregrina por el mundo". Con esta profesión Pablo VI pretende cumplir el mandato, "dado por Cristo a Pedro, de quien somos su sucesor, aunque el último en cuanto a méritos, de confirmar en la fe a los hermanos". El nuevo Credo, "sin ser una definición dogmática propiamente dicha, y aunque con algunos retoques, exigido por las condiciones espirituales de nuestro tiempo, retoma sustancialmente el Credo de Nicea". Al profesar el Credo del pueblo de Dios, Pablo VI declara tener presente "la inquietud que agita a algunos ambientes modernos", y "la pasión por el cambio y la novedad" que han tomado muchos católicos: "es necesario prestar la máxima atención a no menoscabar las enseñanzas de la doctrina cristiana. Porque esto significaría -como por desgracia sucede hoy- una general turbación y perplejidad en muchas almas fieles".

Un gran papa en tiempos difíciles
Como escribió entonces Carlo Falconi, líder de los vaticanistas de la época, en su libro La svolta di Paolo VI, "el enorme silencio en que ha caído la proclamación del nuevo Credo es dramáticamente amenazador. Toda la campaña intervencionista del diario vaticano, para fingir que existía un eco conmovido y de unánime aprobación, terminó en el vacío. Y si no se hubiera producido inmediatamente la publicación de la encíclica Humanae vitae, atrayendo sobre sí la reacción más abierta, lo embarazoso de aquel silencio protestatario habría rozado lo insoportable".
     Todo el establishment católico, salvo raras excepciones, deja caer en el vacío la lúcida intuición de la situación de la Iglesia en el mundo expresada por el año de la fe y por el Credo del pueblo de Dios. Para teólogos e intelectuales se trata de "hechos pietistas". Al principio del año de la fe, el teólogo holandés Edward Schillebeeckx, comentando la iniciativa de Pablo VI, afirma que la crisis atravesada por la fe cristiana es "una crisis de crecimiento". Su colega alemán Karl Rahner se burla de la posibilidad de poder tener "después de un año de la geofísica, un año de la fe" y concluye diciendo: "Todo depende de una reflexión profunda para hacer creíble esta concepción (la cristiana) a los espíritus contemporáneos". Al Papa que indica que se vuelva a la Tradición, que se repita la doctrina de los Apóstoles y se permanezca en ella, todos, en el fondo, le dicen que no es suficiente.

La conjura del silencio que ha de soportar Pablo VI con ocasión del año de la fe y del Credo del Pueblo de Dios pone de manifiesto la verdadera raíz de la incomprensión, de la muda hostilidad y las contestaciones cada vez más frecuentes de que será objeto el Papa dentro de la Iglesia.
     La idea de que el pontificado montiniano conoció a partir del 67-68 una involución, frustrando las esperanzas iniciales se hace tan común en la intelligentsia clerical que fue evocada a mediados de los setenta por un relator oficial, el historiador Franco Bolgiani, en el convenio eclesial sobre Evangelización y promoción humana, ante todos los estados mayores de la Iglesia italiana.
     El 29 de junio de 1972, en la homilía por la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, Pablo VI reconoce: "Creíamos que después del Concilio llegaría un día de sol para la historia de la Iglesia. Sin embargo, lo que ha venido ha sido un día de nubes y tormentas, de oscuridad, y de búsquedas e incertidumbres, cuesta trabajo dar el gozo de la comunión".
     En aquellos tiempos pocos eran los que se atrevían a dar testimonio público de la devoción y solidaridad hacia un Papa del que se hacía burla incluso en los convenios eclesiales. Uno de estos pocos era, el patriarca de Venecia, Albino Luciani. Su homilía pronunciada el 18 de septiembre de 1977 en el congreso eucarístico nacional de Pescara es una apasionada toma de postura, una explícita declaración de comunión con el gran Papa de tiempos tan difíciles: "El Pedro que hemos oído en el Evangelio vive hoy en la persona de Pablo VI, sucesor suyo. Pero hay dos Pablo VI: el que vimos anoche aquí en Pescara, que se ve y escucha en las audiencias generales y privadas, y el que describen, a su manera, inventando y atropellando, ciertos libros y periódicos. Verdadero, auténtico, es sólo el primero: un gran Papa, a quien le ha tocado desarrollar su misión en tiempos difíciles...".