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La experiencia de la gracia.
Esto es, de cuando
Jesús actúa visiblemente


por Godfried Danneels


En Teresa simplemente se ha renovado el tesoro más grande de la santidad cristiana. El mismo que testimoniaron san Pablo y san Agustín: la gratuidad de la gracia, es decir, de la acción de Jesucristo.

Un artículo del cardenal Godfried Danneels, arzobispo de Malinas-Bruselas


     Son proclamados doctores de la Iglesia esos santos que con su historia particular dan testimonio y hacen resaltar un factor esencial de la fe cristiana. La Iglesia decide proclamarlos doctores también para reafirmar y volver a proponer ese aspecto de la fe, en momentos en que quizá parece olvidado.

El cardenal Godfried Danneels

     La vida de Teresa de Lisieux, que ha sido proclamada doctora de la Iglesia a los cien años de su muerte, ilustra perfectamente la realidad de la frase de Jesús "sin mí no podéis hacer nada". Cuando, en vez de reconocer la realidad puntual de estas palabras de Jesús, las reducimos a una afirmación admitida por principio pero completamente abstracta, es decir, negamos de hecho que la acción concreta e histórica de la gracia del Señor es necesaria en cada paso de la vida cristiana, la Iglesia termina también por convertirse en una organización para lanzar mensajes, una multinacional para la programación de actividades y reuniones con contenidos ético-religiosos. Y tal vez toda la historia de la Iglesia, de un modo o de otro, transcurre en esta tentación, que en el fondo es la tentación más anticristiana: la tentación de no reconocer que Jesús mismo es necesario, que no bastan sólo sus palabras o su recuerdo para vivir y obrar cristianamente. La tentación de no buscarle como realidad presente y operante, o sea, como realmente resucitado. "Tú nos eres necesario, oh Redentor nuestro, para descubrir nuestra miseria y para curarla; para tener el concepto del bien y del mal y la esperanza de la santidad; para deplorar nuestros pecados y conseguir el perdón". Así escribía Giovanni Battista Montini en su primera carta pastoral como arzobispo de Milán a sus diocesanos.
     Teresa era una pequeña hija de la burguesía francesa. Vivió una vida normal, en un periodo que por lo que se refiere a la historia de la Iglesia los expertos consideran mediocre, sin grandes novedades ni pasiones. Primero una vida familiar con su padre y cuatro hermanas (su madre había muerto cuando ella tenía sólo cuatro años), un ambiente superprotector donde nunca sucede nada especial. Luego, a los quince años, el ingreso en un convento de carmelitas, con tres de sus cuatro hermanas, y desde entonces su única perspectiva del mundo exterior es el pequeño segmento de cielo que se ve desde el jardín interior del convento. La muerte llega prematura, tenía sólo 24 años, por tuberculosis. Si sociólogos y psicólogos hubieran conocido a la pequeña Teresa, y si se les hubiera pedido una previsión sobre su destino, la respuesta de todos ellos habría sido: de una vida así no puede salir nunca nada excepcional, ninguna semilla de grandeza, ninguna potencialidad, ninguna predisposición para la heroicidad. Pero la gracia todo lo puede. Partiendo de una materia tan humilde, según los cálculos humanos tan poco predispuesta a una santidad heroica, hizo de ella "la santa más grande de los tiempos modernos", según las palabras de san Pío X. Una santa que otro gran papa como Pío XI proclamó "estrella de nuestro pontificado", y que alienta la fe de tantos fieles sencillos.
     Teresa no ha aportado por sí misma ninguna novedad conceptual a la doctrina cristiana. Ha sido proclamada doctora de la Iglesia no por una particular aportación propia a la doctrina de la gracia, que ya definieron de manera clara y realista tantas fórmulas dogmáticas hasta el decreto de la justificación de Trento. Más bien, como recordó en París Juan Pablo II, "la enseñanza de Teresa es la expresión luminosa de su experiencia personal de la gracia". No es una enseñanza particular sobre la gracia, sino una "crónica de la gracia", usando las palabras del poeta francés Charles Péguy. La narración de lo que concretamente sucede cuando la gracia obra visiblemente, "un reconocimiento de realidad acontecida que es a una proposición teórica pura", explicaba Péguy, "lo que una campaña de Napoleón a una lección de guerra". En Teresa simplemente se ha renovado el tesoro más grande de la santidad cristiana, el mismo que testimoniaron san Pablo y san Agustín: la gratuidad de la fe, de la esperanza y de la caridad; en una palabra: de la gracia, es decir, de la acción de Jesucristo. "Cuando soy caritativa", escribe Teresa en su diario, "es sólo Jesús quien obra en mí".

Ella nos recuerda que el corazón de la Iglesia es el amor de Jesucristo y, por tanto, el amor a Jesucristo. Y no se puede amar una idea o un pasado, sólo se puede amar a una persona viva y presente. La Iglesia existe, se sostiene y camina en la historia sólo en virtud de lo que esta persona ha hecho y hace

     Ella es la prueba viva de que el Señor elige a quien quiere, cumple milagros para quien quiere, y cuando elige a los más pequeños y a los más inermes es para resaltar aún más que es Él quien obra. De este modo, sin saberlo siquiera, Teresa ha descubierto la verdadera naturaleza de la santidad cristiana, salvando a tantas personas de una concepción errada, profana de dicha santidad, fruto de la tendencia que entonces dominaba en la Iglesia, y que hoy también es fuerte. En los años de Teresa, predominaba en la Iglesia la espiritualidad jansenista, según la cual el hombre se merecía el favor divino con sus propios sacrificios y esfuerzos. La santidad, según esta concepción era algo que el hombre se ganaba con su aplicación, y si llegara el caso llevando a cabo acciones heroicas y espectaculares. También en la Iglesia de hoy hay quien persigue la santificación, quien quiere hacerse santo para Dios privilegiando la ascesis espiritual, o las obras, o el trabajo. Santa Teresa, sin saber siquiera muy bien quiénes eran Jansen y sus seguidores, le da completamente la vuelta a esta perspectiva centrada en uno mismo. Cuando, por indicación de su priora, que es también la mayor de sus hermanas, comienza a escribir su diario espiritual, que redactará en tres cuadernos de escuela, Teresa en su celda abre al azar el Evangelio y lee las palabras de Marcos: "Jesús subió a la montaña y llamó a los que él quiso y se reunieron con él". Teresa comenta en seguida: "Este es el misterio de mi vocación y de mi vida entera: y en particular el misterio de los privilegios de Jesús sobre mi alma. Jesús no llama a los que son dignos, sino a los que Él quiere, o como dice san Pablo: "Dios tiene piedad de quien quiere y tiene misericordia de quien quiere. En consecuencia, la cosa no está en que uno quiera o se afane, sino en que Dios tenga misericordia". La santidad no es el producto de nuestras buenas disposiciones, y ni siquiera de nuestra aplicación. Cuando Dios la concede, lo hace gratuitamente, no como premio debido y automático por nuestras iniciativas y tentativas. Y en la plena libertad de su predilección puede decidir amarnos cuando quiera y como quiera, así como somos, con todos nuestros pecados y nuestros límites, para hacernos, en virtud de su predilección, santos, es decir, salvados ante él por su amor. Como san Pablo y san Juan repiten casi con idénticas palabras, no hemos sido nosotros los primeros que hemos amado a Dios, sino que Dios quien nos ha amado antes, cuando nosotros ni siquiera lo pensábamos y aún éramos pecadores. Por tanto, no por nuestros esfuerzos, no porque somos dignos, y ni quiera por nuestra expectativa natural, sino sólo porque a su Hijo unigénito le gusta así. Y esta acción previniente de la gracia es necesaria para todo paso de la vida cristiana. El secreto de la santidad de Teresa es que la santidad procede totalmente de Dios. En ella la santidad no es una montaña que se escala por osados senderos ascéticos, casi para hacernos dignos paso tras paso de la gracia divina con nuestras propias manos. Más bien es dejarse llevar en brazos como los niños: y "el ascensor" que lleva hacia arriba son los brazos de Jesús, como escribe en su diario.

La ventana de la celda de Teresa en el Carmelo de Lisieux desde donde se ve el claustro y el campanario

     Como los niños con sus padres, Teresa no se esfuerza en "convencerse" del afecto de Jesús por ella a través de un empeño de persuasión: está segura de ello simplemente por los hechos y los gestos de gracia que ocurren gratuitamente en su vida. "No la obra de persuasión, sino algo verdaderamente grande es el cristianismo", escribió una vez san Ignacio, obispo de Antioquía, martirizado en Roma hacia el año 110, y añadía: "Nuestro Dios, Jesucristo, ahora que ha vuelto al Padre se manifiesta más". Así Teresa ama a Jesús en cuanto se manifiesta obrando y actuando en su vida personal y en el gran milagro de su Iglesia, desde los primeros que lo encontraron, siguieron y amaron en Palestina, hasta los misioneros que le escriben para pedirle la ayuda de la oración en su misión.
     Los Evangelios no son un libro que contiene una nueva doctrina religiosa o la definición de una concepción metafísica, sino que ante todo son la narración de la convivencia de algunos hombres y mujeres con un hombre, el relato de las miradas, palabras, gestos que ese hombre realizó en un tiempo y en lugares concretos. Del mismo modo, el diario espiritual de Teresa es una crónica de las intervenciones de la gracia en su vida personal. Y cuando la acción de Jesús no se manifiesta concretamente, no aparece evidente ante sus ojos, Teresa no censura, no busca sublimaciones, pero sufre, flaquea, le tienta la desesperación como, en Péguy, a Juan de Arco, y como a los niños cuando se pierden entre la muchedumbre y no ven a su padre ni a su madre. Son los momentos de la aridez, de la oscuridad, en los que Teresa compara su angustia con la que vivieron María y José, cuando perdieron al joven Jesús y lo buscaron durante tres días, encontrándolo luego entre los doctores del Templo. Después de unos de estos momentos escribe: "Nunca he comprendido tan bien como durante esta prueba, el dolor de la Virgen Santísima y de san José buscando al Niño Jesús. Estaba en un desierto triste, o mejor dicho, mi alma era semejante a una nave frágil sin piloto que está a merced del temporal. Lo sé, Jesús estaba presente, adormecido en mi barquichuelo, pero la noche estaba tan negra que no podía verlo; nada me iluminaba, ni siquiera un relámpago que cruzara las nubes oscuras. Es muy triste, desde luego, el resplandor de los relámpagos, pero por lo menos, si el temporal hubiese estallado abiertamente, tal vez habría podido entrever a Jesús por un momento...".

La bula con la que Pío XI, que llamaba a Teresa "la estrella de nuestro pontificado", canonizó a la joven carmelita

     Queda por preguntarse: ¿qué sugiere la figura de santa Teresa de Lisieux, patrona de las misiones y ahora también doctora de la Iglesia, a los cristianos de hoy? ¿Qué camino muestra a la misión de la Iglesia en el presente?
     Si se reduce el cristianismo a una serie de mensajes, de ideas, aunque fuera la idea del Cristo o la idea de la gracia, entonces inevitablemente la misión de la Iglesia se reduce a propaganda, marketing, a la búsqueda de métodos para difundir y persuadir a estas ideas. El fiel y el misionero se convierten en militantes.
     Teresa y su "pequeño camino" son un antídoto potente contra todo esto. Ella nos recuerda que el corazón de la Iglesia es el amor de Jesucristo y, por tanto, el amor a Jesucristo. Y no se puede amar una idea o un pasado, sólo se puede amar a una persona viva y presente. La Iglesia existe, se sostiene y camina en la historia sólo en virtud de lo que esta persona ha hecho y hace. Por esto, la única misión es la de quien, quizá sin hablar, indica con su mirada de niño los gestos reales hechos por el Señor en el presente. Es un modo de influir en el ambiente circunstante casi por irradiación. Como una estufa, que no dice ni hace nada, no cambia de lugar, sino que simplemente está ahí y calienta, y todos se reúnen a su alrededor para sentir su calor.
     Así se difunde desde siempre la fe cristiana en el mundo. Mucho más hoy. Los hombres frágiles, hipersensibles, resignados y muchas veces desesperados de nuestros tiempos, pueden asombrarse sólo gracias al encuentro con personas que poseen en su mirada la misma presencia que acariciaba el rostro de Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.