Santos sin el San

Oscar Romero


Historia de un obispo mártir

Avanza la causa de beatificación del arzobispo de San Salvador asesinado hace dieciocho años mientras celebraba misa. El Sínodo para América le dedicó la ovación más larga. Entrevista a Gregorio Rosa Chávez, que fue uno de sus colaboradores más estrechos, hoy obispo auxiliar de la capital salvadoreña

por Stefania Falasca

 

     Eran las 18.30 del 24 de marzo de 1980 cuando Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, fue asesinado a los pies del altar de la pequeña capilla del hospital de la Divina Providencia, mientras oficiaba la misa. Una descarga de fusilería le atravesó el corazón en el momento exacto en que iba a levantar al cielo el pan y el vino del sacrificio.
     Romero había nacido en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, en 1917. A los doce años había comenzado a trabajar en el taller de un ebanista, y luego entraba muy joven en el seminario. Había terminado sus estudios en la Universidad Gregoriana de Roma, donde consiguió la licenciatura en Teología. Igualmente en Roma había sido ordenado sacerdote, durante los años del segundo conflicto mundial. A su regreso a El Salvador le esperaba una brillante carrera eclesiástica: primero como rector del seminario interdiocesano de San Salvador, más tarde como secretario general de la Conferencia episcopal y secretario ejecutivo de Consejo episcopal de Centroamérica y Panamá, luego como obispo titular de Tambee y tres años después, en 1970, como obispo auxiliar de monseñor Luis Chávez y González, arzobispo de San Salvador. Después de un periodo a la cabeza de la diócesis de Santiago de María, Romero era nombrado arzobispo de San Salvador en 1977, sucediendo a monseñor Chávez. Cuando toma posesión de la archidiócesis, el 22 de febrero de 1977, el conflicto social tenía ya visos de guerra civil: es de todos los días los homicidios de campesinos, las matanzas realizadas por organizaciones paramilitares protegidas y avaladas por el Estado oligárquico (en el mismo mes de febrero es elegido presidente el general Carlos Humberto Romero en medio de acusaciones de fraude). Las autoridades y el establishment del país acogen con satisfacción el nombramiento de monseñor Romero como nuevo arzobispo. La imagen que cierta opinión pública tenía de él era la de conservador moderado.
     Recién elegido arzobispo unos hechos sangrientos lo afectan de cerca: dos sacerdotes suyos son asesinados. Romero pide que se abra una investigación sobre los hechos que han llevado a la muerte de los sacerdotes y crea una Comisión permanente para la defensa de los derechos humanos, mientras sus misas, sobre todo las de los domingos, comienzan a abarrotarse. Monseñor Romero es un punto de referencia que la gente escucha y quiere. La radio de la archidiócesis es la emisora radiofónica más popular. Y mientras los homicidios se vuelven cada vez más trágicos, mientras los gobiernos, gracias también a golpes de Estado, se alternan, aumentan los ataques contra la Iglesia. Son encarcelados y expulsados algunos sacerdotes, una bomba explota en los locales del periódico de la archidiócesis, pero el conflicto estalla dentro de la misma Iglesia.
     Llueven las acusaciones y los ataques de algunos prelados contra el arzobispo. Entre otras cosas, un documento firmado por algunos obispos y enviado a Roma le acusa de incitar con su labor pastoral "la lucha de clases y la revolución". En una carta pastoral monseñor Romero había escrito: "Cuando la Iglesia entra en el mundo del pecado con intenciones salvíficas y liberatorias, el pecado del mundo penetra en la Iglesia y la divide, separando a los auténticos cristianos de buena voluntad de aquellos que son solamente cristianos de nombre y de apariencia".
     Ahora está en marcha su proceso de beatificación. Sus entrañas, extraídas y enterradas inmediatamente después de su muerte antes de que el cuerpo fuera embalsamado, se conservan milagrosamente aún intactas. Durante el Sínodo para América celebrado en Roma el pasado mes de diciembre, el discurso en su memoria pronunciado por Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, causó gran emoción entre los presentes. Con Rosa Chávez, que estuvo durante muchos años al lado de Romero, hemos querido hablar de aquel periodo tan dramático no sólo para la Iglesia de El Salvador, sino para toda la Iglesia latinoamericana. Hemos querido recordar con él la figura de Romero y la historia de su martirio.

Gregorio Rosa Chávez

     Excelencia, ante todo, ¿en qué estadio se encuentra la beatificación de monseñor Oscar Romero?
     GREGORIO ROSA CHÁVEZ: La fase diocesana del proceso se cerró de forma solemne el 1 de noviembre de 1996. Los resultados y el material recogido han sido presentados a la Congregación para las Causas de los Santos, que los ha estimado en conjunto positivos, aunque ha pedido que se ahonde en algunas cuestiones de tipo histórico, en torno al contexto en que monseñor Romero fue llamado a desempeñar su ministerio, y también sobre las circunstancias de su muerte, sobre el porqué fue asesinado.
     ¿Puede sufrir demoras el proceso?
     ROSA CHÁVEZ: Creo que si la causa se detuviera sería por culpa nuestra, de los salvadoreños. Los mayores enemigos de la causa de Romero están en El Salvador. Los mismos que lo hostigaron cuando vivía, que le escribían cartas anónimas acusándolo de comunista, y que por desgracia siguen siendo sus adversarios incluso ahora.
     Se sabe que monseñor Romero tenía enemigos también en el episcopado salvadoreño. Un obispo llegó incluso a acusar a Romero ante el Papa, durante su visita a El Salvador de 1996, de ser el responsable de la muerte de setenta mil salvadoreños...
     ROSA CHÁVEZ: Por esto es importante responder de modo adecuado a la primera cuestión que la Santa Sede nos ha pedido que ahondemos: la reconstrucción del contexto histórico en el que le tocó servir.
     ¿Cuál era este contexto histórico?
     ROSA CHÁVEZ: Era un contexto de gran polarización, donde era difícil no caer en la ideologización. En este contexto hay que incluir también algunas dificultades que vivió Romero con la nunciatura y con algunos hermanos del episcopado. Tanto es así que durante una largo periodo los obispos de El Salvador evitaron incluso verse, cosa que hizo sufrir al arzobispo, como atestigua fielmente su diario.
     También han de ser examinadas atentamente las causas de la muerte de Romero. Según usted, ¿por qué lo asesinaron?
     ROSA CHÁVEZ: Es casi como preguntar por qué mataron a Jesucristo. El asesinato de monseñor Romero es semejante al de Jesús. También dijeron de Jesús que lo condenaban por causas políticas. Está claro que el poder tiene este modo de defenderse, cuando quiere ocultar su pecado.
     Usted vivió a su lado mucho tiempo. ¿Qué recuerda de él?
     ROSA CHÁVEZ: Cuando le conocí, yo era un muchacho, Romero era ya sacerdote. Procedíamos de la misma diócesis. Yo había entrado en el seminario a los 14 años. Romero era sacerdote en San Miguel, la tercera ciudad del país. Un ambiente tranquilo, familiar, donde la gente se conocía. En el 65 le encargaron que siguiera el seminario menor. Era un sacerdote muy austero, con una profunda espiritualidad, una sólida doctrina y un amor especial por los pobres. Pero respecto a los documentos de la Conferencia de los obispos latinoamericanos celebrada en Medellín en 1968, no quedó muy favorablemente impresionado al principio, y se mostraba algo perplejo. Los consideraba demasiado políticos. Un cambio de perspectiva se dio cuando llegó a San Salvador, primero como obispo auxiliar y después, definitivamente, como arzobispo.
     Acababa de convertirse en arzobispo de San Salvador cuando fue brutalmente asesinado un sacerdote amigo suyo: el jesuita Rutilio Grande. Hay quienes sostienen que esa muerte fue lo que provocó un cambio en Romero, llegan incluso a hablar de una "conversión", de conservador pasa a ser un opositor del régimen... ¿Es así?
     ROSA CHÁVEZ: El padre Rutilio era un gran amigo de Romero, fue el maestro de ceremonias en su ordenación episcopal. Murió asesinado el 12 de marzo de 1977. Romero era arzobispo de San Salvador desde hacía pocas semanas. En el mes de mayo siguiente los escuadrones de la muerte mataron también a otro sacerdote, el padre Alfonso Navarro. Esta era la situación que Romero encontró cuando llegó al arzobispado. Y desde aquel momento sus acciones y palabras en defensa de los pobres y contra el poder se hicieron cada vez más explícitas. Una vez, durante una entrevista radiofónica, le dije: "Monseñor, ahora dicen que usted se ha convertido". Y él respondió: "Yo no hablaría de conversión, sino más bien de evolución. No se puede cerrar los ojos ante estos hechos". Creo que tenía razón. Su fe, su espiritualidad, su sólida doctrina eran las mismas de siempre. Había cambiado la situación en la que tenía que actuar. De un ambiente familiar, de provincia, había llegado a San Salvador. Aquí, en contacto con el centro del poder económico-político del país, descubrió por experiencia el pecado social, la injusticia estructural, el nacimiento de los escuadrones de la muerte. Había semanas en que los escuadrones de la muerte mataban a centenares de personas; y sus cuerpos mutilados y desfigurados los colgaban de los árboles, los dejaban por las calles y en los lugares de paso, para sembrar el terror. Romero decía: "Parece que mi vocación es la de ir recogiendo cadáveres".

Oscar Arnulfo Romero, el arzobispo de San Salvador asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba misa

     Sus palabras en defensa de los pobres se fueron haciendo tan duras que ocho días antes de ser asesinado denunció explícitamente en una entrevista a la junta militar, el Ejército y la oligarquía del país de ser aliada de los intereses de Estados Unidos y que "Carter sigue suministrándoles todo tipo de ayuda"...
     ROSA CHÁVEZ: Al presidente de Estados Unidos le escribió una carta pública en la que pedía la suspensión del envío de armas a El Salvador. Sufría tremendamente al ver que la injusticia estructural y los intereses geopolíticos estaban conduciendo a la guerra, una guerra formal, explícita. Romero era lúcidamente consciente del preciso momento histórico-político que El Salvador, y no sólo El Salvador, estaba viviendo. Presentarlo como alguien que instigaba al pueblo a la violencia es una operación repugnante. Para evitar cualquier explosión de violencia Romero no dejó nunca de apoyar todas las hipótesis de diálogo. Por ejemplo, en octubre del 79 los jóvenes generales que habían derrocado al gobierno le pidieron que apoyase el golpe de Estado. Juntos preparamos un texto que fue difundido en todo el país, en el que, manteniendo su libertad de juicio, Romero invitaba al pueblo a no tener prejuicios hacia el intento de los militares de restablecer la justicia y la paz social. Decía Romero: "Este intento podría ahorrar muchos sufrimientos al pueblo. Hay que esperar y juzgar por los hechos, esperar para ver si mantendrán las promesas".
     A Romero se le reprochaba fundamentalmente que se dejara instrumentalizar por las fuerzas de izquierda...
     ROSA CHÁVEZ: Comentando una entrevista que había mantenido con el nuncio de Costa Rica, al que el Santo Padre había enviado para afrontar el problema de la división entre los obispos, monseñor Romero dice claramente en su diario: "Mi apoyo a la organización popular no significa una simpatía por la izquierda o, menos aún, no ver el peligro de infiltraciones, que reconozco que son reales, pero veo también con claridad que, entre nosotros, el anti-comunismo es muchas veces el arma que usan los poderes económicos y políticos para continuar sus injusticias sociales y políticas". Monseñor Romero veía muy claramente cuál era la situación real. Su sucesor, monseñor Arturo Rivera Damas, indicaba tres elementos para explicar la situación en El Salvador: además de la injusticia y de las ideologías de derechas y de izquierdas, desencadenan los conflictos los intereses geopolíticos internacionales que se combaten en nuestro pequeño país. En un contexto de polarización, se vio como connubio con la ideología socialista la defensa concreta de los pobres, que hombres como Romero apoyaban, no por acercamiento a las ideas socialistas, sino simplemente por lealtad a su propia vocación.
     Es lo que emerge también en su diario, donde se constata que su pasión por los pobres es el reflejo de una fe sólida, sencilla...
     ROSA CHÁVEZ: El diario es la clave de su vida. El espejo fiel de su corazón de pastor. En él descubrimos a un pastor solícito con su pueblo, pronto a dar su vida por él, no porque se hubiera convertido a la sociología marxista, sino porque entonces, como siempre, no tomar la defensa de los pobres significaba traicionar el Evangelio. Lo dice claramente en su diario comentado otra entrevista difícil que tuvo con algunos hermanos del episcopado: "A pesar de esta parcialidad y de esta actitud llena de prejuicios contra mí, él [uno de los obispos] insiste en que yo debo ceder hasta donde sea posible. Siempre ha sido esta mi intención, he tratado siempre de dejar las cosas marginales y secundarias, pero desde luego no puedo ceder en las cosas substanciales, cuando lo que está en juego es la fidelidad al Evangelio, a la doctrina de la Iglesia, y a este pueblo tan paciente que no logran comprender".
     Monseñor Romero era muy tradicional en las cuestiones doctrinales, de fe, y abierto en materia social.
     Cierta cultura eclesiástica, en cambio, tiende a poner estos dos aspectos en contraste. Romero da testimonio de lo que enseña la Tradición: viviendo firmemente arraigados en la fe de los apóstoles uno es audaz en la defensa de los pobres y en la denuncia de la injusticia...
     ROSA CHÁVEZ: Cuando Romero vino a Roma, en junio de 78, arrodillándose ante la tumba de san Pablo, reza de esta manera: "Siempre han sido mis oraciones ante estas tumbas de los apóstoles, inspiración y fortaleza". Unos días después, volviendo de la basílica de San Pedro, escribe en su diario: "Y ahí junto a la tumba de San Pedro, recé el credo de los apóstoles pidiéndole al Señor la fidelidad y la claridad para creer y predicar esa misma fe del apóstol San Pedro". Y más adelante: "Hice también una nueva visita a la basílica de San Pedro y junto a los altares, muy queridos de San Pedro y de sus sucesores actuales en este siglo, pedí mucho la fidelidad, a mi fe cristiana y el valor, si fuera necesario, de morir como murieron todos estos mártires, o de vivir consagrando mi vida como la consagraron estos modernos sucesores de Pedro". Romero fue siempre un hombre de reflexión y oración. A menudo lo veíamos salir a hurtadillas de una reunión para ir a rezar en la capilla.
     Las páginas de sus visitas a Roma son de las más hermosas de su diario. ¿Qué recuerdos tiene usted de cómo vivió Romero estos encuentros con los papas y la Curia?
     ROSA CHÁVEZ: Romero era totalmente fiel al magisterio de la Iglesia. Era un lector atento de los escritos de los papas, y poseía una memoria sorprendente. Introducía siempre en sus escritos y homilías citas de los papas: Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, que recordaba de memoria con gran facilidad.
     En Roma se entrevista con Pablo VI en el 78, y con Juan Pablo II en el 79...
     ROSA CHÁVEZ: Romero era un gran admirador de Pablo VI. Comentando su visita a Roma del 78, habla con gratitud y profunda emoción, seguro de haber hallado compresión y ayuda fraternal en el sucesor de Pedro. La visita a Juan Pablo II, durante la cual el Papa le exhorta a "atenerse solamente a los principios" recordándole la situación de Polonia, tiene lugar, en cambio, en el marco de una serie de entrevistas con otros funcionarios de la Santa Sede. Romero habla con entusiasmo de algunas de estas entrevistas, como la que tuvo con Pironio, pero la impresión es que le confortó más la visita a Roma del 78. En un contexto ideologizado, que se daba incluso en la Iglesia, su solicitud por los pobres y por el pueblo fue mal entendida y obstaculizada.
     ¿Y sus relaciones con Juan Pablo II?
     ROSA CHÁVEZ: Entre la elección del papa Wojtyla y la muerte de Romero pasó poco tiempo. Tuvieron pocas ocasiones de verse y dialogar. He participado en la preparación de las dos visitas de Juan Pablo II a El Salvador, y puedo decir que en las dos se pusieron problemas para que el Papa visitara la tumba de Romero. Y fue Roma siempre la que insistió para que la visita se incluyese en el programa. Según mi parecer el Papa está convencido de que Romero es un mártir de la Iglesia. Lo ha definido "pastor solícito que ha entregado su vida por su pueblo". Y durante su segundo viaje, en el discurso en que hablaba de Romero, añadió una frase que no estaba en el texto oficial: "Me alegro", dijo, "que su recuerdo siga vivo entre vosotros". Pero al Papa también le preocupa que grupos políticos hayan usado el nombre de Romero para sostener sus causas. Por esto, en su discurso pronunciado en El Salvador en 1993, pidió que se respete su memoria, que se respete al pastor.
     ¿Qué situación se vive ahora en El Salvador? ¿Cómo ha acogido la gente al actual arzobispo? ¿Es verdad, como dicen algunos, que está "alejando" lentamente a las personas cercanas a Romero?
     ROSA CHÁVEZ: El Salvador es un país que ha firmado la paz, pero que no está reconciliado. No se han tocado las raíces sociales de la injusticia, ha crecido el número de los pobres, ha aumentado el desempleo y la inseguridad. No hay escuadrones de la muerte, pero para mucha gente parece que lo único que ha llegado es el tiempo de una muerte más lenta... Por lo que respecta al arzobispo actual, Fernando Sáenz Lacalle, tras algunos problemas al principio, ha habido un cambio. Poco a poco va conociendo las comunidades, y descubre la fe sincera de la gente, la vida cristiana de muchas personas extraordinarias de nuestra diócesis. Está descubriendo, en contacto con la Iglesia real, una realidad diferente de la que algunos imaginaban. Y se ha comprometido inequívocamente con la causa de monseñor Romero.
     Para terminar, ¿tiene esperanza en esta causa de beatificación?
     ROSA CHÁVEZ: Espero que Romero sea reconocido como mártir. Y este es también el deseo de la gente que lo quiso y sigue queriéndole tantísimo. Si leemos la oración a Jesús que escribió un mes antes de morir, vemos precisamente la imagen de una vida que se ofrece, conociendo el peligro inminente que le esperaba. "Así concreto", escribe, "mi consagración al Corazón de Jesús que fue siempre fuente de inspiración y alegría cristiana en mi vida. Así también pongo bajo su providencia amorosa toda mi vida y acepto con fe en él mi muerte por más difícil que sea". Aún hoy me siguen impresionando las circunstancias de su muerte. Su última misa en la capilla del hospital era una misa de difuntos: Romero leyó las lecturas, una era el Evangelio de San Juan donde Jesús dice: "Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado". Me pregunto si en aquel preciso momento sabía que le iban a matar. Su homilía parece un testamento, donde se compara a la semilla de trigo que se abre en la tierra para dar vida. Así, pues, algunos piensan que mientras estaba predicando vio a su asesino. Leyendo sus últimas frases, parece casi que le pide al homicida: "Permítanme morir cuando vaya al altar, para ofrecer el pan y el vino". Y, en efecto, pudo terminar la homilía, y fue asesinado al principio del ofertorio, siendo él mismo la hostia de su sacrificio.
     Es una imagen preciosa, a la luz de la cual podemos leer toda su vida y su muerte. Vivió y murió como sacerdote, como pastor enamorado de Jesucristo y de su pueblo.